Habían pasado dos días desde aquella conversación en la que Leonard, inquieto, confesó haber visto a Lady Violeta Lancaster caminando entre la multitud. Emma había intentado calmarlo, asegurándole que no era más que un espejismo de su mente perturbada por tantos recuerdos entrelazados con la ficción. Aun así, la sensación de que algo permanecía inconcluso rondaba en el aire como un presagio.
Esa mañana, Emma recibió una llamada inesperada de la editorial con la que solía colaborar en sus reseña