Habían pasado ya varias semanas desde el fatídico día en que el corazón del reino se había quebrado junto al de su príncipe. El luto seguía colgando como un manto espeso sobre Theros, y aunque los días comenzaban a volverse más cálidos, ni el canto de los ruiseñores ni los jardines floridos lograban devolver el color al rostro de Leonard. Era un hombre vencido por el peso de una ausencia que no se curaba con el tiempo. La corte caminaba en silencio, los sirvientes hablaban apenas en susurros y