El amanecer se alzó sin color sobre Theros. El cielo parecía una inmensa sábana de ceniza suspendida por manos invisibles, cubriendo con su sombra las torres del castillo, los campos del reino y hasta el alma de quienes despertaban con un presentimiento difícil de nombrar. Era uno de esos días en que todo lo que respira —desde los halcones reales hasta las cocineras del ala sur— siente que algo no encaja, que el mundo gira apenas unos grados más lento. A lo lejos, ni los pájaros cantaban. Las c