El cielo tenía un tono incierto aquella mañana. Ni azul ni gris, solo una manta confusa de nubes que no se decidían a llorar ni a brillar. Emma, atrapada en el cuerpo de Lady Violeta Lancaster, se miró en el espejo del salón con ojos de quien ya no teme nada. Las pesadillas no habían cesado, pero había amanecido con una decisión firme tatuada en el pecho: si iba a morir… al menos sería feliz antes de hacerlo.
Los sirvientes se movían a su alrededor con cautela. Desde que su salud se vio comprom