Fernando
A veces el silencio pesa más que cualquier grito. Y esa noche, el silencio me estaba ahogando.
Estaba tendido en mi cama, con Valeria a mi lado. Su presencia era suave, reconfortante. Sentía su cuerpo pegado al mío, su mano acariciando con calma el dorso de la mía, como si pudiera leer todo lo que me estaba callando. Y era mucho.
Desde que mis padres se marcharon con esa frialdad, no había dicho una palabra. Solo había escuchado mis propios pensamientos, dándome vueltas como cuchillos