El mensaje de Fernando llegó como un relámpago en una tarde tranquila: "Me quedo. Hoy estaré aprendiendo. Desde mañana comienza mi horario formal." Sentí que mi pecho se expandía con un orgullo cálido, casi maternal. Sin pensarlo, abandoné mi té sobre la mesa, me enfundé en el primer abrigo que encontré y salí disparada hacia la cafetería.
Y ahí estaba él. Detrás del mostrador, con un delantal negro que le daba un aire de renovada dignidad. Sus manos, antes temblorosas, ahora se movían con prec