Cuando el último latido abandonó su pecho, Silas no cayó al vacío.
Su cuerpo se deshizo en un soplo, en partículas ligeras que el viento arrastró como si fueran ceniza. Pero no era ceniza: era humo espeso, neblina viva, memoria suspendida entre la vida y la muerte.
Al principio creyó estar perdido. No tenía manos, ni voz, ni ojos con los que llorar. Era apenas un murmullo flotando entre los árboles, un fragmento de alma desgarrada. Y aun así, su instinto lo empujó a buscarla. Vida. Su nombre v