Cenaron de la forma más romántica posible, ignorando olímpicamente la presencia de aquel desterrado que los observaba a la distancia. Para cualquiera, la escena habría parecido perfecta: risas compartidas, miradas que se entrelazaban, copas de vino tintineando bajo la luz suave de la lámpara.
Esa noche, Kaelion sintió que ella le abría el corazón, que por fin lo dejaba entrar en ese mundo hermético que tantas veces le había cerrado. Pero lo cierto era que Vida solo estaba interpretando su papel