Aquella madrugada, Isabella despertó agitada. La respiración entrecortada, las manos frías, el corazón acelerado. No era la culpa. Era un recuerdo.
Un fragmento que regresaba como un espectro que se niega a morir.
Se sentó en la cama, cubriéndose el rostro. A su lado, Dante dormía profundamente, ajeno a la batalla invisible que ella libraba cada noche. Se levantó sin hacer ruido y salió al jardín. El aire estaba helado, húmedo. Un tipo de frío que no viene del clima, sino de la memoria.
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