Alan Lombardi
El trayecto de regreso al penthouse se sintió como el avance de un ejército que acaba de asegurar el perímetro de una ciudad conquistada. Mía iba a mi lado en el asiento trasero del coche, sumergida en sus pensamientos, con la mirada perdida en las luces de Manhattan que desfilaban tras el cristal tintado. Yo le sostenía la mano, pero mi mente estaba en un lugar mucho más oscuro. El olor de Mariana seguía adherido a mi piel como un estigma, y el descubrimiento que acababa de hace