Mía Lombardi
El silencio que se apoderó de la oficina de Alan en cuanto cerré la puerta tras de mí no era un silencio de paz; era esa quietud densa y cargada de electricidad que precede a un rayo.
Me quedé allí, de pie, con la carpeta de los estados financieros de Miller & Co. apretada contra mi pecho, sintiendo cómo la sangre me latía con fuerza en las sienes. Pero no era miedo lo que sentía. Tampoco era esa inseguridad asfixiante que me habría dominado meses atrás. Era una frialdad analític