El silencio, adentro de la casa, ya no era vacío, no.
Era una violencia pura.
Valeria seguía, de pie, en el centro de la pieza, sus ojos clavados en la cama vacía, como si todo pudiese desmoronarse… como si todo fuese una pesadilla, sabe?
Pero no, claro que no.
Lucas no volvió a leer la carta.
No lo precisaba, ni un poco.
Porque lo escrito, ya no importaba nada.
Lo que sí importaba era quien la dejó.
—Nos vamos— soltó él.
Su voz era... distinta.
Fría, helada.
Decidida, eso era.
Irreconocible po