La noche cayó sin que nadie la notara.
Dentro del lugar, el tiempo parecía moverse distinto. No había relojes visibles, ni ventanas abiertas al exterior que recordaran que el mundo seguía girando. Todo se reducía a ese espacio… y a lo que cada uno llevaba dentro.
Valeria no se había movido.
Seguía sentada, con el niño recostado sobre su pecho, como si temiera que al soltarlo, algo volviera a arrebatárselo. Sus dedos recorrían el cabello del pequeño una y otra vez, en un gesto automático, casi d