ÁNGELA
Abrí los ojos de par en par. Lo agarré del brazo y lo metí dentro de la casa. Gabriel se quedó inmóvil, esperando a que le diera una explicación.
—No estoy embarazada.
—Mientes.
Cuando se acerca a mí, retrocedo hasta chocar contra la pared del recibidor. Él alarga un brazo y me acaricia el vientre con delicadeza. Mi cuerpo reacciona a él, como siempre, y maldigo el momento en el que le he dejado pasar a mi casa.
—¿Por qué me mientes?
El miedo empieza a atenazarme y mi cabeza se llena de