DAMIAN
—Es hora de ir a casa —dice Andrés—. Tenemos mucho de qué hablar.
Salgo de la celda con la cabeza en alto. Mis muñecas duelen, mis hombros duelen, mi orgullo duele más que cualquier cosa. Pero camino con la misma seguridad con la que he caminado toda mi vida. Antes de salir, veo a un hombre en la penumbra del pasillo. Está apoyado en la pared, con los brazos cruzados, la mirada fija en mí. Es alto, de rostro duro, con esa calma de quien ha visto demasiado como para sorprenderse por algo.