DAMIÁN
Valeria posee un talento perverso para avivar el fuego en mis entrañas y luego arrojar sal y hiel sobre la herida expuesta. Su arma predilecta, cada vez más letal, es mi propio hijo. Samuel ya no es el muchacho que era; es un hombre joven, y ella lo maneja con la precisión de una concertista tocando el instrumento más sensible y potente.
Los espié desde la ventana del estudio, como un prisionero contemplando su libertad. Bajo el sol de la tarde, el jardín se transformó en un escenario de