SAMUEL
Son las seis de la mañana cuando Lucas me llama. Su voz suena tensa, madrugadora, como si llevara horas despierto asegurándose de que nada salga mal.
—Samuel, tienes que estar aquí en mi casa a las siete y media —dice sin preámbulos—. El vuelo está programado para las nueve y no podemos llegar tarde. Esta vez no.
—Ya voy —respondo, con la garganta seca y la cabeza todavía en la niebla de un sueño que no recuerdo.
Cuelgo. Me quedo un momento en la cama, mirando el techo, sintiendo cómo la