SAMUEL
Hemos terminado el ensayo, pero nadie se mueve. Estamos sentados en círculo, con las latas de cerveza sudando entre las manos. Acabo de contarles la llamada de mi padre, su insistencia, la invitación a Cartagena.
El silencio dura unos segundos.
Luego explotan.
—¿Vas a ir, verdad? —pregunta Lucas, con los ojos brillantes.
—No lo sé…
—¿Cómo que no lo sabes? —Gael se inclina hacia adelante, emocionado—. ¡Es la oportunidad perfecta!
—¿Para qué?
—Para cantarles en la cara —dice Bastián, con u