SAMUEL
Son casi las cinco de la tarde cuando el taxi se detiene frente a la mansión.
El lugar es imponente. Columnas blancas, jardines perfectamente podados, una fuente en medio del camino de entrada. Parece sacado de una revista de arquitectura, de esas que Valeria solía hojear cuando soñaba con proyectos como este, de Cartagena.
Pago al taxista sin mirar el precio. Bajo. Mis amigos bajan conmigo, cargando instrumentos y mochilas. Sofía se acerca y toma mi mano. La aprieta. Quiere transmitirme