DAMIAN
La oficina de Marcos es un caos ordenado de papeles, expedientes y tazas de café a medio terminar. Llevo veinte minutos esperando mientras él termina una llamada. Cuando por fin cuelga, me mira aliviado, borrando esa expresión de angustia mientras hablaba por teléfono.
—Damián —dice, recostándose en su silla—, disculpa la demora. A veces hay asuntos que no deben dilatarse y debo tratarlos así esté en el baño.
—No te preocupes —respondo con una sonrisa—. Conozco bien esos asuntos.
—Dime —