Bruno caminaba sin rumbo por el parque, pateando las piedras con rabia. El silencio de la tarde le pesaba más que nunca. Se sentó en un banco y cubrió su rostro con las manos, sintiendo que el nudo en su garganta no se iba con nada. Había salvado a la Alessandra de este mundo, sí, pero el precio estaba siendo su propia felicidad con Rocío.
— ¿Estás sufriendo, Bruno? — la voz del Ángel resonó a su lado, tan tranquila que llegaba a irritar.
— ¡Apareces justo cuando todo está hecho un desastre! —