Capitulo 3

—Lo siento, no te vi —dijo ella, con las mejillas encendidas por la pena.

Bruno la miró y, por un segundo, el tiempo se detuvo. Le sonrió con una dulzura que antes no poseía.

—Tranquila, no te preocupes. El que no venía prestando atención fui yo, así que la culpa es mía.

—Si no buscas un lugar donde refugiarte, te vas a enfermar con esta lluvia —advirtió ella, señalando el cielo gris.

—Prefiero mil veces estar aquí, bien acompañado, que en un lugar protegido pero solo —respondió él, dejándose llevar por la sinceridad.

Alessandra soltó una pequeña risa y comenzó a caminar de espaldas, alejándose un poco.

—Me parece bien —sonrió ella.

Todo ocurrió en un parpadeo. Un auto apareció doblando la esquina a toda velocidad y Alessandra se quedó paralizada, como un ciervo ante los faros. Bruno calculó el tiempo en una fracción de segundo; corrió hacia ella y la empujó con fuerza hacia la acera, evitando el impacto por apenas unos centímetros. Ambos cayeron al suelo.

Ella se incorporó rápidamente, agachándose junto a él con el rostro pálido.

—¿Estás bien? ¡Por Dios, casi te matan por mi culpa!

—Tranquila... —respondió Bruno, algo exhausto por el esfuerzo y la adrenalina—. Yo estoy bien, pero dime, ¿tú estás bien? ¿Te hiciste daño?

—Sí, estoy bien, pero... —estaba temblando, con la respiración agitada—. Qué susto, por Dios.

Bruno se levantó y le tendió la mano para ayudarla a ponerse en pie.

—Tranquila, ya pasó. Lo importante es que no ocurrió nada grave, ¿sí? —Le dedicó una sonrisa tranquilizadora—. Para que se te pase el susto... ¿me aceptarías algo de tomar? ¿Un café?

—Claro —respondió ella, aceptando su mano—. Eres el chico que salvó mi vida.

—Bueno, no te sientas comprometida conmigo —bromeó él—. Supongo que tú habrías hecho lo mismo por mí o por cualquiera en esa situación, ¿no? Así que, empecemos de nuevo. Hola, soy Bruno.

Ella sonrió y estrechó su mano con calidez.

—Soy Alessandra, pero muchos me llaman Aless. Llámame como quieras.

—Aless... qué bonito nombre. Bueno, Aless, ¿me acompañarías a buscar ese café para conocernos mejor mientras nos cubrimos de la lluvia?

—Encantada. Acepto.

Caminaron juntos hasta la esquina, donde una pequeña y acogedora cafetería les dio refugio. Bruno abrió la puerta y se hizo a un lado.

—Primero las damas —dijo con una sonrisa caballeresca.

—Qué caballero, gracias —respondió ella mientras se sentaba a la mesa—. Y dime, ¿de dónde eres? No te había visto por aquí.

—¿Yo? —Bruno la miró fijamente—. Vengo de un mundo mágico y bello, y vine aquí para cumplir una misión.

Alessandra soltó una carcajada espontánea.

—Eres muy gracioso.

—Bueno, al menos logré sacarte una sonrisa —respondió él, disfrutando del brillo en sus ojos—. Eso ya es un avance.

—¿Y dónde vives? ¿Tienes novia? —preguntó ella con curiosidad natural.

—Bueno, suelo viajar constantemente. Estoy aquí de forma temporal, así que no, no tengo novia. Pero supongo que tú sí tienes miles de pretendientes... y novio, ¿verdad?

—Novio no —sonrió ella, jugando con una servilleta—. Prometido sí.

Bruno sintió un pinchazo en el pecho, pero mantuvo la máscara.

—Ya veo. No debería sorprenderme; con lo bella que eres, era seguro que alguien ya habría ganado tu corazón.

—Es mi novio desde la preparatoria —continuó ella—. De hecho, ha sido mi único novio. No he tenido a nadie más.

—¿Ah, sí? Felicidades entonces —dijo Bruno con una sonrisa algo forzada—. Supongo que tienen muchos planes juntos, ¿no? El futuro, la casa...

—Sinceramente, no lo sé. Estaba cómoda estando como vivíamos, solo él y yo.

—¿Cuánto tiempo llevan juntos?

—Siete años —sonrió ella con orgullo.

—¡Guau! Es bastante tiempo. ¿Y no han hablado ya de tener hijos o ese tipo de cosas?

—No lo he pensado mucho. Creo que no soy alguien muy maternal —lo miró con curiosidad—. ¿Y tú? ¿Por qué estás solo?

—Bueno, porque viajo casi todo el tiempo. Supongo que si tuviera novia, nuestra relación sería muy complicada. Por eso prefiero estar solo por el momento.

—¿Complicada por qué?

—Porque no podría estar con ella todo el tiempo. Habría muchas peleas por eso. Pero... ¿por qué dices que eres "cero maternal"? ¿No te emociona la idea de ser madre algún día?

—No lo sé, nunca lo he pensado en serio. Tal vez si llegara el momento las cosas cambiarían, pero me daría miedo, ¿sabes? Estaría llena de dudas. Es algo que te cambia la vida para siempre.

—Vaya —murmuró Bruno, impresionado—. Eres de las primeras mujeres que oigo hablar así. Casi todas mueren por ser madres. Sales de lo común, y eso te hace muy interesante.

—Quizás es porque no tengo miedo de decir lo que pienso. No lo planeo, pero si se da, tendría que hacerme cargo. Lo difícil sería pensar cómo se lo toma tu pareja. No es fácil.

—Y, suponiendo que eso pasara... ¿cómo crees que reaccionaría tu prometido?

—No lo sé. Eso es lo aterrador: no saber. Él me ama, lo sé, pero no sé si está dispuesto a dar ese paso.

Bruno miró su taza de café, sintiendo el peso de sus propios errores pasados.

—Creo que el simple hecho de ser padre aterra a cualquiera —dijo levantando la mirada—. Solo que cada persona lo manifiesta de forma diferente. Lo importante es que la pareja sepa hablarlo, reflexionar juntos... siempre juntos, para enfrentar lo que venga. ¿No crees?

—Puede ser, pero he visto chicos que actúan muy mal en esas situaciones y no entiendo por qué.

—¿Y tú qué harías? —la interrumpió Bruno con seriedad—. Si ahora estuvieras embarazada, ¿qué harías? ¿Lo tendrías?

—Claro. Por más que ame al padre, si él no lo quiere, pues bien, que desaparezca de nuestras vidas. Yo tendría a mi bebé.

—¿Aunque eso implique renunciar a tus sueños?

—Es una vida, Bruno. Una persona que tiene derecho a vivir. Es el producto de un amor y ese bebé no tendría la culpa de nada.

Bruno sintió un nudo en la garganta.

—Tienes razón... —susurró con melancolía—. Un bebé puede cambiar los planes, pero no tiene la culpa de nada. Los bebés no piden venir a este mundo. Recién ahora entiendo eso.

—¿Estás bien? ¿Por qué te pones así? —preguntó ella con dulzura—. ¿Perdiste a alguien? Lo siento, no tienes que responder si no quieres.

—Solo te puedo decir que lo perdí todo... y todo por ser un idiota —le sonrió con tristeza—. Pero la vida te da nuevas oportunidades, ¿no? Y no hay que desaprovecharlas.

—Lo siento de verdad. Pero conmigo tienes una amiga para lo que necesites.

—Gracias. Pero no nos pongamos tristes. Hoy es un buen día para mí, ¿sabes por qué? Porque tuve el placer de conocerte. Hice una nueva amiga.

—Qué tierno —dijo ella. En ese momento, un joven se acercó a la mesa. Aless sonrió—. Mira, te presento... amor, él es Bruno, un amigo.

—Mucho gusto —dijo el joven estrechando la mano de Bruno—. Aless ya me habló de ti. Soy Dylan. ¿Estás bien, Aless? No respondiste mis llamadas.

—Sí, gracias a él —ella le contó rápidamente el incidente del auto.

—Vaya... no sé cómo agradecerte que la hayas salvado —dijo Dylan, sinceramente agradecido.

—No es nada. Supongo que tú habrías hecho lo mismo.

—Claro, ella es mi vida. Pero esta chiquilla siempre se mete en líos; estoy por contratarle un guardaespaldas para que la cuide —bromeó Dylan.

—Sí, deberías —asintió Bruno mirando a Aless un instante—. Una mujer así es difícil de encontrar en estos tiempos. Cuídala mucho.

—Lo sé, es mi todo —el teléfono de Dylan sonó—. Perdón, tengo que atender. Permiso.

Cuando Dylan se alejó, Aless miró a Bruno.

—¿Y te veré de nuevo?

—No lo sé... dime tú —respondió él con una sonrisa enigmática.

—¿Tal vez la próxima vez que esté en apuros?

—¿En apuros? ¿Quién? ¿Tú o yo? —rió Bruno.

—Cualquiera de los dos.

—Pues sería un verdadero placer coincidir contigo otra vez.

—¿Me darás tu número? —preguntó ella, sacando su teléfono y tomándole una foto divertida—. Anótalo aquí.

Bruno tomó el teléfono, anotó el número y se lo devolvió.

—Aquí tienes, señorita. Para lo que sea. Me llamas si te metes en problemas de nuevo.

—Soy propensa a eso —rió ella.

—Estaremos en contacto entonces. Yo debo marcharme ahora. Despídeme de tu novio.

Bruno le estrechó la mano y le dio un beso suave en la mejilla antes de salir de la cafetería, sintiendo que su misión acababa de empezar. Dylan regresó a la mesa poco después.

—¿Y tu amigo? ¿A dónde fue?

—Se tuvo que ir —respondió Aless mirando hacia la puerta—. Me gustaría volver a verlo pronto. No lo sé, Dylan... me transmite mucha paz.

—¡Qué mal que se fuera tan rápido! Parece un buen tipo —dijo Dylan.

Salieron de la cafetería tomados de la mano, mientras Bruno, desde la distancia, los observaba desaparecer bajo la lluvia.

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP