Mundo de ficçãoIniciar sessãoFlashback
—Bruno, necesitamos hablar —dijo ella. Era mi hermosa novia, pero su voz tenía un peso que me puso en alerta.
—¿Sobre qué? ¿Estás bien? ¿Sucede algo? —le pregunté. Me preocupaba cada vez que se ponía tan seria; el aire parecía espesarse entre nosotros.
—¿Has pensado en casarte? ¿En tener hijos? —soltó de repente, mirándome a los ojos.
—¿Tener una familia? ¿Para qué? —respondí con una ligereza que hoy me da asco. La tomé por la cintura, pegándola a mí, intentando evadir el tema—. Nos tenemos el uno al otro y eso es suficiente para mí. Somos felices así, ¿verdad?
—¿No quieres? —insistió ella, con un brillo de esperanza herida—. Sería algo hermoso de los dos, Bruno. El fruto de nuestro amor.
—Para ti es importante, lo sé —sentencié, soltándola—. Pero mi pensamiento es distinto, Aless. Hay que disfrutar la vida al máximo, sin responsabilidades que nos encadenen. Aún somos demasiado jóvenes para pensar en tonterías como esas.
—¿Crees que es una tontería? —preguntó, y su voz se quebró.
—No... —busqué las palabras para no sonar tan cruel, pero mi egoísmo fue más fuerte—. Solo que no lo estás analizando bien. Para ser felices no hace falta un papel o un niño. Ya lo tenemos todo. ¿Me comprendes?
—Estaré sola en esto... —susurró ella, y las primeras lágrimas asomaron—. Estoy embarazada, Bruno.
El mundo se detuvo. Sentí un golpe en el estómago que me dejó sin aire.
—¿Estás de broma? Quedamos en que te cuidarías.
—¡Y lo hice! —alzó la voz, defendiéndose—. No soy perfecta, Bruno. Tal vez olvidé una pastilla, no lo sé...
—¡Mierda! —empecé a caminar de un lado a otro, sintiéndome atrapado—. ¿Tú lo quieres tener?
—Pero tú no —su tono era melancólico, como si ya supiera la respuesta.
—No es eso, es solo que... —suspiré mirando al techo, buscando una salida que no existía—. No es el momento. ¿Dónde quedarán nuestros planes, Alessandra? ¿Por qué sales con esto ahora? ¡¿Por qué?! —terminé gritando, mientras la agarraba por los hombros con una desesperación violenta.
—Tranquilo... —susurró ella con una tristeza infinita—. Te quitaré este peso de encima.
—¿De qué hablas? ¿Qué pretendes? —Ella guardó silencio y eso me aterró—. Aless, escucha. No es el momento, es solo eso. Tenemos que solucionar este... "problema". No podemos traer a un bebé ahora. No tenemos estabilidad. Tenemos que deshacernos de él, y yo estaré contigo en el proceso.
—Lo lamento, Bruno, pero no lo haré —respondió con una firmeza que no le conocía. En ese instante, su amor de madre nació para enfrentarse a cualquiera—. Espero que seas feliz sin mí. Esto se acabó.
Se dirigió a la puerta. Yo no podía creerlo.
—¡Hey! ¿Vas a terminar años de relación por una tontería como esta? ¿Vas a tirar todo a la basura por un capricho? ¡Estás mal de la cabeza!
—¿Un capricho? —me miró indignada—. ¡Tú eres el que no ve nada! Te dejo para que pienses mejor las cosas.
—Dime la verdad —la detuve, el silencio se volvió tan denso que casi se podía tocar—. ¿Quieres que aborte?
Alessandra me miró fijamente, buscando un rastro de humanidad en mis ojos. No necesitó que yo hablara; mi silencio le dio la respuesta que más le dolía.
—Sí. No lo quiero ahora —admití al fin—. Solo quiero que nuestra vida siga como antes. Por favor, Aless... no tengas a ese bebé. No arruines nuestra vida.
—Está bien —respondió ella con una resignación que me heló la sangre—. Hagamos lo que tú quieras.
Salió de la habitación sin mirar atrás. Caminaba perdida, ciega por el llanto, sin ver el mundo a su alrededor. No vio el coche que venía a toda velocidad. El chirrido de los frenos fue inútil. El impacto la lanzó con una violencia inhumana. Alessandra voló diez metros antes de que su cabeza golpeara el pavimento. Su hermoso cabello se tiñó de un rojo denso y oscuro.
—¡Alessandra! ¡NO!
Corrí hacia ella, pero antes de llegar, la realidad se fragmentó. El ángel apareció de nuevo frente a mí, impasible.
—¿Has tomado una decisión? Recuerda ese momento, Bruno. El arrepentimiento de haberlos perdido a ambos.
De pronto, estábamos en un hospital. Vi a Alessandra en coma, conectada a mil máquinas. Me acerqué a su cuerpo débil, sintiendo el peso de cada palabra cruel que le dije.
—Fui un imbécil... —sollocé, abrazando su cuerpo magullado—. Lo siento tanto. Perdón por todo.
El ángel me llevó a un espacio blanco con dos puertas. El camino de regreso a mi miseria, o el camino para salvarla en ese mundo donde ella no me conoce.
—Ya fui un idiota una vez —dije, secándome las lágrimas—. No cometeré el mismo error. Entiendo que debo asumir las consecuencias. Tomaré el camino correcto, aunque eso implique perderla de nuevo. Solo quiero que sea feliz, aunque no sea a mi lado. El Karma me ha golpeado, y acepto el reto. Valdrá la pena si puedo volver a ver su rostro, aunque sea desde las sombras.







