El frío que imperaba en Haro esa mañana no era solo el del invierno. Era un frío más profundo, el que trae la muerte de un rey y el silencio que deja a su paso. La noticia había corrido como un lamento helado por los pasillos del castillo y más allá, hasta el último rincón del reino: el rey había fallecido. No había superado la noche, tal como Lean, con ojos apenados, había temido.
El luto se extendió como una mancha de tinta. El negro cubrió vestimentas, banderas y semblantes. Pero junto a la