42. El sabor de una confesión.
La puerta de las cámaras de Evdenor se cerró con un golpe sordo, aislando el mundo exterior y encerrando en la penumbra la tensión que palpitaba en el aire. Eryn, liberado del frío del pasillo, se movía con la torpeza encantadora de quien ha bebido más de la cuenta. Ante la mirada fija y desconcertada del príncipe, que se había limitado a observarlo con los brazos cruzados y el ceño fruncido, el chico comenzó a despojarse de sus capas.
Con movimientos lentos y algo descoordinados, se quitó la