41. Un hombre enamorado.
Las cámaras de Evdenor estaban bañadas por la luz dorada del atardecer, que se filtraba a través de los ventanales y danzaba sobre los tapices de dragones y las armaduras relucientes alineadas en la pared. El aire olía a cera de velas y al cuero de los muebles, pero la calma del ambiente no podía disimular la tormenta que se desataba en el centro de la habitación. Eryn, con las mejillas enrojecidas y los rizos revueltos, caminaba de un lado a otro como un torbellino, sus pasos resonando en el s