32. Primer día.

El acuerdo estaba sellado. Las palabras "trato hecho" aún resonaban en el silencio de su habitación, pero ahora, a la luz cruda de la mañana, no sonaban a victoria. Sonaban a una sentencia autoimpuesta.

A pesar de que había sido él quien, con una calma desesperada, había tendido los términos de esa tregua envenenada, Eryn no podía dejar de pensar en la monumental idiotez que había cometido. ¿Qué clase de persona, intentando protegerse de un corazón roto, se ofrecía voluntariamente a un suplicio
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