80 inmortal.
Evdenor sintió cómo el cuerpo en sus brazos perdía toda tensión, volviéndose un peso inerte y terrible. Eryn se había desvanecido, sus ojos azules, tan vacíos y confusos un instante antes, ahora estaban cerrados, las pestañas oscuras recostadas sobre palidez mortal. No había agonía, no había gritos. Solo un silencio repentino y profundo, roto por el jadeo entrecortado de Evdenor.
La lógica fría de un guerrero le susurraba que un hombre atravesado así debería estar forcejeando, gimiendo, tardan