La cerradura se movió con un chasquido seco. Sareth levantó la vista, y la puerta se abrió lentamente. Myra entró con paso ligero, disfrutando de cada segundo.
—Vaya, vaya… —murmuró con una sonrisa torcida—. Así que la gran Sareth no se ve tan imponente ahora.
Traía en las manos un conjunto de ropa: Una camiseta negra con pantalones cómodos de color gris. —Te traje algo más apropiado para tu nueva… condición. —Su tono destilaba veneno.
Sareth no respondió. Solo la miró, con esa calma que irrita