El amanecer cayó rápidamente.
El sol apenas asomaba sobre el horizonte cuando Kael montó su caballo, con la mirada fija hacia el bosque. Detrás de él, un grupo de guerreros aguardaba en silencio. Nadie se atrevía a hablar; todos sabían que aquel viaje no era una simple misión.
Era una cacería.
Kael llevaba dos semanas planeando, analizando cada pista, cada rastro. Y aunque no tenía nada concreto, no podía quedarse quieto un día más. Cada minuto que pasaba sin saber de Sareth era un golpe más en