Isela abrió los ojos y lo primero que percibió fue un olor extraño: una mezcla de café rancio, tinta caliente y algo metálico que no podía identificar. Parpadeó. El techo estaba demasiado blanco, demasiado brillante. Las luces fluorescentes zumbaban de forma irregular, como si respiraran. Intentó moverse, pero su cuerpo se sentía pesado, rígido, como si no perteneciera del todo a ella misma.
Se incorporó lentamente, apoyando las manos sobre una superficie lisa y fría. Una mesa. Alrededor, silla