Inquebrantable.
El despacho estaba en silencio, pero Leo escuchaba ruido por todas partes. Un zumbido que no venía de las máquinas, sino de adentro. Como si algo en su cabeza hubiera empezado a vibrar sin permiso, una alarma interna que nadie más oía.
Se sostuvo del borde del escritorio. Tenía los nudillos blancos. El holograma frente a él mostraba solo interferencia.
—Vuelve a la cámara cinco —ordenó.
Su voz sonó demasiado alta. O tal vez demasiado rota.
El asistente automático obedeció. La pantalla parpadeó,