El Eco de Viktor.
El laboratorio no respondió a su presencia con palabras, ni con alertas, ni siquiera con un gesto inequívoco de defensa, respondió con orden.
No un orden rígido, heredado de viejas jerarquías, sino uno flexible, casi elegante, que se reacomodaba a cada paso que daban.
Las luces no se encendían de golpe: modulaban su intensidad conforme avanzaban, como si el edificio necesitara observar primero la silueta completa antes de decidir cómo iluminarla.
Los sistemas no se activaban de forma abrupta: d