El Camino.
El aire del pasillo olía a metal y polvo quemado. Cada paso de Isela resonaba, pero no había respuesta; nadie hablaba, nadie podía romper el silencio más que los ecos de su propia respiración.
Sus manos temblaban levemente, atrapadas entre la urgencia y el miedo. Fragmentos de Cayden llegaban a su mente: un rostro borroso, un gesto, un sonido apagado que parecía venir de otro lugar, otro tiempo. Cada fragmento era momentáneo, fugaz, casi imposible de sostener.
No podía hablar. Ni siquiera podía