La casa estaba en silencio.
No un silencio incómodo, sino uno suave, casi íntimo, de esos que solo existen cuando dos personas empiezan a acostumbrarse a compartir el mismo espacio. Pero aquella noche, para Valentina, ese silencio pesaba demasiado.
No podía dormir.
Llevaba más de una hora dando vueltas en la cama, mirando el techo, escuchando el sonido lejano del viento golpeando los árboles del jardín. Finalmente se levantó, se puso una chaqueta liviana y bajó en silencio hasta la terraza.
El