La mañana siguiente amaneció con una calma extraña.
El cielo estaba cubierto por una capa uniforme de nubes grises, y el aire tenía esa quietud particular que antecede a una tormenta. Valentina estaba en la cocina preparando café cuando escuchó a Sebastián bajar las escaleras.
Llevaba la camisa arremangada y el cabello todavía un poco desordenado, como si no hubiera dormido del todo bien.
—Buenos días —dijo ella.
Sebastián levantó la mirada y sonrió ligeramente.
—Buenos días.
Se acercó a la caf