No debí besarla en la antesala.
No con la puerta del despacho abierta.
No con un mapa de Blackwell extendido entre los dos como si yo pudiera seguir fingiendo que todo esto tiene que ver solo con rutas, perímetros y seguridad.
Y, sin embargo, cuando vuelvo a quedarme solo, no soy capaz de arrepentirme.
Ese es el problema.
No la besé por accidente. No por debilidad. No por una estupidez nacida del cansancio. La besé porque la tenía demasiado cerca, porque volvió la cara hacia mí con esa mirada l