Blackwell no era una prisión.Desde afuera, cualquiera podía creerlo. Los muros altos, los accesos controlados, las cámaras, la vigilancia constante y la carretera privada daban la impresión de una ciudad separada del mundo por puro miedo. Y, en parte, así era. Había sido levantada para proteger. Para aislar. Para impedir que el caos del exterior encontrara una grieta por donde entrar.Pero nadie dentro de Blackwell se sentía encerrado.Los habitantes podían salir.Podían entrar.Quien necesitara ir a otra ciudad por trabajo, por estudios, por negocios o por cualquier asunto personal, podía hacerlo. Había protocolos, revisiones y horarios estrictos, sí, pero no barrotes. Nadie estaba allí contra su voluntad. La diferencia era que casi ninguno quería marcharse.¿Por qué habrían de hacerlo?Dentro de los muros tenían todo lo necesario para vivir bien. Había mercado, cafeterías, restaurantes, farmacias, clínica, escuela, talleres, tiendas y pequeñas plazas donde la gente se reunía al cae
Leer más