El amanecer en la capital de Lirien se levantó con un aire inquietante. No era solo la luz del sol filtrándose entre las torres de mármol y las agujas doradas de la ciudad; había un presagio, una vibración casi imperceptible en el aire que hacía que los pájaros callaran y los hombres se tensaran. Ainge se levantó de su lecho con el cabello dorado desordenado, atrapando la luz de la mañana como un halo enredado entre sus dedos. La Ceniza reposaba junto a ella, en un pequeño cofre forrado de terc