29. La mujer de la foto
El amanecer llegó sin aviso, gris y deshilachado, como una sábana vieja.
No había dormido. Ni Fran tampoco. La cabaña olía a café tibio, a humedad, a cansancio.
Él revisaba su teléfono con los ojos hundidos, la mandíbula tensa. Yo fingía no mirarlo, pero cada gesto suyo se me clavaba en el pecho como una pregunta que no sabía formular.
En la mesa, su libreta seguía abierta.
“Si algo sale mal, seguí el nombre de Lara H.”
Reconocí su letra antes de atreverme a leer más. No necesitaba hacerlo: ya