29. La mujer de la foto

El amanecer llegó sin aviso, gris y deshilachado, como una sábana vieja.

No había dormido. Ni Fran tampoco. La cabaña olía a café tibio, a humedad, a cansancio.

Él revisaba su teléfono con los ojos hundidos, la mandíbula tensa. Yo fingía no mirarlo, pero cada gesto suyo se me clavaba en el pecho como una pregunta que no sabía formular.

En la mesa, su libreta seguía abierta.

“Si algo sale mal, seguí el nombre de Lara H.”

Reconocí su letra antes de atreverme a leer más. No necesitaba hacerlo: ya había leído suficiente.

Ese nombre era una sombra que lo perseguía desde antes que yo apareciera.

Esperé a que saliera a revisar el auto para buscar respuestas.

Entre sus cosas, encontré un sobre doblado, viejo, con una mancha de café en la esquina.

Dentro, una foto: mi madre, sonriendo. Y detrás, una firma: Lara H.

El aire se me fue del cuerpo.

Era imposible.

Mi madre había muerto creyendo en un proyecto, en la gente que la rodeaba, en el trabajo que la consumió hasta dejarla vacía.

Ahora, la p
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