Cuando Horus y Senay se marcharon, el ambiente, que había estado lleno de la energía eléctrica de la farsa y la amenaza, se disipó. Los músicos recogían sus instrumentos; los meseros limpiaban las copas y los invitados se despedían. El murmullo de la élite de Estambul, que al principio era de admiración y envidia, se convirtió en cotilleo. La fiesta, formal y perfecta, había terminado.
Poco a poco, las grandes familias se fueron. Los parientes de Senay, agradecidos y emocionados, se marcharon.