Un nuevo amanecer se daba a conocer en la residencia de los Dunckan. Sole estaba siendo despertada suavemente con dulces y tiernos besos. Erik se había despertado antes que ella como ocurría todas las mañanas y la agazapaba como era su costumbre. La pelirroja ronroneó y se estremeció por la tierna forma de despertarla.
—Vamos, dormilona —susurra contra la boca de su esposa.
—Solo un poco más —se queja envolviendo el cuello de su esposo y llevándolo consigo, todavía sin abrir los ojos.
—Señora Dunckan, le recuerdo que tenemos visitas.
—Dios, eso de tener amigos no siempre es bueno.
—No seas mala, el día que me echas, voy a necesitar quien me dé asilo.
—Mmm… Pensándolo bien, vamos a tener que ser buenos amigos para cuando eso pase —bromea.
—Digas lo que digas, sé bien que no me echarías —esboza con supremacía.
En ese momento el estómago de Sole sonó interrumpiendo lo que ella iba a refutar, provocando que Erik se carcajee. Desde hacía unas semanas que no paraba de comer, para luego vomi