Giacomo se despidió de sus clientes con un breve apretón de manos antes de salir del juzgado. Al llegar a su auto, se dejó caer en el asiento del conductor y sacó el celular del bolsillo interior de su saco. Frunció el ceño al ver en la pantalla al menos cinco llamadas perdidas. Tres eran de Carmine, y las otras dos de Adriano. Un escalofrío le recorrió la columna, y un mal presentimiento se instaló en su pecho.
Sin perder un segundo, marcó el número de Carmine. Su ansiedad aumentó cuando la ll