Carmine miró a su hija a través del espejo retrovisor. La pequeña Constanza observaba por la ventana, su rostro brillaba de entusiasmo y balanceaba los pies como si no pudiera esperar a llegar al destino para salir corriendo.
Dejó escapar un suspiro antes de desviar la mirada hacia su esposo.
—Ha crecido demasiado rápido. No puedo creer que ya vaya a empezar el jardín.
—Tampoco yo —respondió él, con un tono cargado de melancolía.
La sonrisa de Carmine se amplió al escuchar el lamento en la voz