Ignacio se alejó para ponerse los zapatos y Violet observó más de cerca el modo en que había organizado todo, por colores, no solo la ropa y zapatos de la jefecita.
—Te dejé el desayuno —le dio un beso que Salomé interrumpió, quiso intentarlo, pero no pudo, en su lugar le agarró los glúteos—. Las veo al final del día, a menos que quieran visitarme.
Violet sonrió.
—Me encanta cuando hueles a mí, Violet.
—¿Sí? Puedes ponerte un poco de mi perfume y así también tú hueles a mí, que todas sepan… —Se