.72.
—Ahora eres mío. ¿Cómo podría no ser feliz?
Alejandro jugó con la sortija en la manita de la omega.
—¿Esto significa que al fin has aceptado mi propuesta?
—Haz de cuenta que dije "sí".
—¿Cómo es que lo tienes, si ni siquiera llegué a dártelo?
—Carlos lo tuvo todo este tiempo.
—¿Quién?
—Mi chófer. ¿Recuerdas al anciano que estaba a mi lado aquel día, cuando me llevaste al hospital?—Alejandro asintió.—Fue mi cómplice durante el tiempo que salí contigo. Él me dejaba en nuestras citas y luego me llevaba de vuelta a casa.
—Se me hacía extraño que tú jamás me dejabas llevarte a casa o llamar a un taxi por ti.
—Lo lamento mucho.—Olivia hizo una mueca.—No podía dejar que me llevaras a casa. Habrías descubierto quién era en segundos. ¿Qué explicación iba a darte cuando me dejaras en la mansión?
—Todo eso estuvo mal, Olivia. —Alejandro tenía ahora el ceño fruncido con molestia.—Debiste decirme quién eras desde el principio.
—Perdona por haberte mentido... —Alejandro la interrumpió.
—Fue peligro