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—¿Tú también lo sientes, verdad?—murmuró Alejandro.—Puedo sentir a tu lobo llamando al mío. Es como un cuchillo ardiente en mi pecho.
—Deja de decir tonterías.
Alejandro estiró su mano hasta tocar uno de los mechones del cabello del omega y sonrió con dulzura.
—Mi ángel rubio está de regreso.
Las puertas volvieron a abrirse y Olivia quiso bajarse. No importaba en qué piso se encontraran, no podía seguir en el mismo lugar junto al alfa.
—Deja de huir de mí.—Alejandro la jaló de vuelta y detuvo e