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—¿Tú también lo sientes, verdad?—murmuró Alejandro.—Puedo sentir a tu lobo llamando al mío. Es como un cuchillo ardiente en mi pecho.
—Deja de decir tonterías.
Alejandro estiró su mano hasta tocar uno de los mechones del cabello del omega y sonrió con dulzura.
—Mi ángel rubio está de regreso.
Las puertas volvieron a abrirse y Olivia quiso bajarse. No importaba en qué piso se encontraran, no podía seguir en el mismo lugar junto al alfa.
—Deja de huir de mí.—Alejandro la jaló de vuelta y detuvo el ascensor, atrapándolos dentro.—¿Hasta cuándo seguirás ignorándome, Olivia?
—No hay nada que yo quiera hablar contigo.
—La otra vez me quedé esperándote en el restaurante.
—Esta es la tercera vez que te pasa. Tú eres el tonto por esperar a alguien que no llegará. Pon en marcha el ascensor.
—No hasta que me escuches.
—¡No quiero hablar contigo!—Olivia lo empujó y perdió los estribos. Empezó a golpearlo, gritándole y llorando.—¡El tiempo de hablar era hace tres años! ¡Pero me abandonaste, rogando