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Su madre gruñó enojada y abrazó con fuerza a Alejandro. Ellos no tenían más familia que a su alfa, ni abuelos, ni tíos o primos a quienes acudir. Cuando su alfa se iba de viaje por meses como en esta ocasión, eran solo ella y sus cachorros contra el mundo. Su deber era cuidarlos y hacer lo correcto para ellos. Tras darle una mirada a la habitación de Manuel, se colgó el bolso y sujetó con fuerza a su bebé de seis años.
—Tenemos que ir a un lugar, mi galletita.
—¿Vamos a dejar a mi hermanito?
—É