Salté por la ventana astillada, aterrizando pesadamente sobre la tierra helada del patio. El olor a miedo rancio y a ozono de la transformación inminente de Gideon inundaba el aire nocturno. Gideon ya corría delante de mí, medio transformado, con las garras rasgando el suelo y un rugido sordo atrapado en su garganta.
—¡Vesper! —aulló él, una mezcla de desesperación y furia salvaje.
—Cállate y rastrea, Gideon —le ordené con un gruñido profundo, dejando que Llamas tomara el control de mis sentido