Llegamos a la mansión poco después de que la pesada puerta del búnker se abriera. Thomas traía la ropa manchada de hollín y la mirada encendida por la adrenalina, pero estaba intacto. Sin perder un segundo, caminó directo a su despacho y se apoyó contra el escritorio, marcando el número de Archer y poniendo el altavoz.
—¿Qué demonios quieres, Thomas? —escupió Archer al contestar, con la voz cargada de una rabia contenida.
Thomas soltó una risa corta, helada y sin un ápice de gracia.
—Solo llama